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Delinquencia garrapatera 

  

Un buen día abres el periódico y ves una foto de una cara que te resulta familiar. Algo no funciona como debiera, parece que se ha colado una información en una sección equivocada y prefieres no creer lo que lees. Miguel Ángel Benítez, con 21 años casi recién cumplidos falleció el martes seis de julio de 2004. He de reconocer que el nombre no me dice mucho. Ni siquiera su nombre de guerra, "el Migué", y sin embargo su imagen me hace inmediatamente ubicarle en uno de los mejores grupos que recientemente se han paseado por este país. Miguel Ángel Benítez es (me niego a aceptar lo evidente) el cantante de Los Delinqüentes.

[Por José Antonio Menor]

  

Un grupo que conocí por pura casualidad, digo ahora que unos investigadores americanos parecen haber llegado a la conclusión de que las casualidades no existen. Una noche de un verano muy caluroso no podía yo dormir y para matar el tiempo encendí la televisión. Pasaban a aquellas altas horas de la madrugada un programa musical (la música siempre en prime time) y en mi pantalla aparecieron tres críos tocando tres guitarras. La imagen era doblemente impactante, por la formación atípica y por lo imberbe de aquellos insolentes. Pero más impactante era el sonido. Lo fácil era tirar líneas de paternidad con Veneno, Pata Negra… Pero es que desde el primer momento ya se percibía que aquello era más.

 

Era mucho más porque aquellos chavales estaban a la altura de los maestros. Sentía una extraña mezcla de ansiedad (quería tener su disco ya), envidia (claramente ninguno pasaba de los veinte años y pedazo de arte que tenían los jodíos) y admiración (sobre todo admiración). Como ocurre en estos casos, la actuación acabó y nadie dijo nada de aquel trío de genios. Busqué acerca de ellos pero nada. ¿Qué decía yo que las casualidades no existen? La semana siguiente uno de los colaboradores de esta web me trajo un CD, "tío, tienes que escuchar esto, son buenísimos". Y allí estaba la voz del Migué. 

 

Ronca, nasal… garrapatera. Pedazo de voz, pedazo de disco, pedazo de todo. Y yo sin poder quitarme de la cabeza que aquellos excelentes músicos eran unos críos que, probablemente, ni siquiera habían salido del instituto. Con el dato del nombre busqué sobre ellos en Internet, biblioteca de náufragos, y mis peores presagios se confirmaron. Aquel trío tenía dos miembros con 17 años recién cumplidos, el propio Miguel y Marcos, y otro que superaba la veintena por los pelos. Simplemente increíble. Aquella edad no se correspondía con la picardía, el surrealismo, sus fascinantes historias, su estilo arrebatado y en continuo estado gracia. Tan solo el incendiario título del disco ("El sentimiento garrapatero que nos traen las flores") les convertía en una rara avis.

 

Obviamente en todas las críticas que iba leyendo se citaba a Kiko Veneno, a Pata Negra, a Mártires del Compás… ¿no decía yo que era lo más fácil? Algún osado se atrevía a lanzar proclamas en las que se les llamaba "alumnos aventajados". ¿Alumnos aventajados? ¿cuántos grupos han sido ubicados en esas coordenadas a lo largo de las dos últimas décadas? ¿y cuántos de ellos han conseguido, con carreras más celebradas, llegar a ocupar una sombra de lo que aquellos adolescentes lograban en un único disco? Cuanta injusticia que a partir de ahora, con la desaparición de Miguel, sea cuando vayan a ser elevados a los altares de la leyenda. Que mundo más injusto y desagradecido.

 

Pasaron los años y a finales de 2002 editaron "La arquitectura del aire en la calle". Pulsando las teclas de su propia identidad, investigando en su sonido e insistiendo en su personalidad volvían a bordar otra pequeña gran joya. La voz sobresalía en todas y cada una de las canciones, unas canciones más arregladas y complejas, pero tan descaradas y frescas como las que componían su primer disco. Vencido el recelo que suele provocar los segundos discos, se apreciaba el cambio producido por el tiempo. Más matices, más riqueza en el sonido, mayor dominio y control.

 

Sin Etiquetas estaba naciendo en aquella época y nuestro pudor nos impedía pedirles una entrevista. Escuchándoles en la radio, en las típicas entrevistas de promoción en cadenas generalistas, se notaba que su edad física no se correspondía con su edad mental. Vacilaban a la locutora que, con cierta frustración mal disimulada, se daba cuenta de que aquellos niñatos estaban muchos cuerpos por delante. Su tercer disco tendría el eco que merecían en nuestra revista y, cuando la experiencia nos hubiese curtido un poco, les haríamos una entrevista en condiciones, intentando no traicionar su arte y su ironía, tal y como hacían en todos los foros en los que sus ácidos sarcasmos y su actitud burlona quedaba desvirtuada por la incompetencia de los entrevistadores.

 

Al fin y al cabo podíamos esperar, no en vano todos los involucrados en Sin Etiquetas éramos sensiblemente mayores a aquel trío calavera. Las casualidades (¿pero qué digo?) hicieron que me perdiese sus actuaciones en las cercanías. Pero ¿qué importaba? Ya tendría oportunidad de verles en directo. El destino (de este aún no se han pronunciado) ha hecho que me quede con una pena muy grande y con el dolor de no haber disfrutado de sus explosivos directos. En mi retina siempre quedará el recuerdo de aquellos tres chavales tocando como locos y sonriendo como si la cosa no fuese con ellos. Porque no me puedo imaginar al Migué con otra mueca que no sea una sonrisa socarrona, esa sonrisa guasona que luce en la foto del periódico.

 

Me voy a escuchar sus discos, porque mientras alguien escuche sus discos no morirá. Es un tópico pero no deja de ser verdad. Desde el cielo, sentado con Juan Antonio Canta y con tantos y tantos genios que se fueron demasiado deprisa, seguirá acompañándonos y ayudando a levantarnos de los tropiezos de esta vida. Me voy a escuchar sus discos, el mejor homenaje que se puede rendir a un tipo tan... sencillamente enorme. 

   

Pincha aquí si quieres leer la carta de despedida de su padre y su hermano publicada 

en la web oficial de EMI Hispavox - Virgin, discográfica de Los Delinqüentes. 

  

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