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Una aproximación a la música popular brasileña Capítulo 1: Los orígenes de la Música Popular Brasileña |
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"Tristeza nao tem fim felicidade sim…" (A felicidade, A.C. Jobim-Vinicius de Moraes)
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[Por José María Marcelino ]
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"Brasil es un país mestizo: no somos negros ni blancos, somos mulatos de tonalidades diferentes buscando su color definitivo…". Con esta especie de declaración de principios el poeta brasileño Jorge Amado describía así su tierra natal, una precisa definición que quizás encierra la clave para comprender mejor su principal creación musical: la MPB, siglas con las que se presentaba al mundo sonoro de los años sesenta una de las más originales e inspiradas expresiones musicales surgidas en el pasado siglo XX, la Música Popular Brasileña.
En su geografía humana Brasil es un país con un vasto territorio de más de ocho millones de kilómetros cuadrados y casi doscientos millones de habitantes, una población predominantemente urbana, donde la mezcla y el mestizaje son una de sus señas de identidad más claras: aunque la mayoría de estos habitantes son blancos de origen europeo (portugueses principalmente, junto a españoles, alemanes, polacos…), el 30% de éstos son mestizos y el 8% lo son de origen africano, descendientes de los tres millones y medio de esclavos traídos de Nigeria, Benin y Ghana, quedando actualmente reducida la población indígena autóctona a tan sólo un 0,2%.
Y si mestizo es el país, consecuentemente lo es su música. Con el poso musical indígena se fundieron los ritmos africanos importados y que, más tarde, junto al influjo de los sones caribeños y la posterior aportación del jazz norteamericano, dieron como resultado esta singular creación musical que hoy conocemos con el sobrenombre de Música Popular Brasileña. Así pues, es fácil adivinar que, aunque existieran expresiones musicales anteriores a la llegada a las costas de Brasil del navegante luso Pedro Álvares Cabral en el año 1500, la música popular se fue alimentando desde sus orígenes de dos fuentes foráneas: la rítmica africana y la melódica europea. A éstas hay que añadir los puntuales aportes de los boleros, malagueñas y fandangos españoles, la opereta italiana, el tango argentino, las canciones francesas y posteriormente el jazz, sobre todo en la música surgida de las grandes urbes como Sao Paulo y Río.
De cómo eran los sentimientos musicales de aquellos indígenas brasileños, nos dan testimonio las crónicas de Jean de Léry (1580) en las que ya se habla de los cantos tupís, las manifestaciones más antiguas de la música amerindia. Siglos más tarde el antropólogo francés Lévi-Strauss, que recorrió Brasil hacia 1930, en su obra "Tristes Trópicos", describe igualmente la complejidad melódica y rítmica con la que se expresaban aquellos primeros habitantes de la región del Pantanal, en la frontera con Paraguay, como la originalidad de las fiestas y celebraciones religiosas de los tipí-kuahid del Mato Grosso.
Otros testimonios para contrastar el extraordinario poso musical indígena de estas tierras son las perplejas opiniones que manifestaron en numerosas ocasiones los misioneros franciscanos y jesuitas llegados a Brasil con los primeros conquistadores hasta su expulsión en 1759. Era tal el interés que manifestaban aquellos primitivos aborígenes por la música, que no dudaron en reconducirlo con gran habilidad y sutileza en sus misiones evangelizadoras: aprovecharon el sentido polifónico de sus cantos selváticos para enseñarles los rudimentos del gregoriano, a la vez que les fueron adiestrando en el uso de los nuevos instrumentos musicales que los misioneros llevaron consigo desde Europa, de los que con el tiempo estos mismos indígenas llegarían a ser grandes luthieres. Tal fue el ámbito musical creado entre conquistadores y conquistados que compositores como el Padre José de Anchieta o Manoel da Lóbrega escribieron piezas religiosas en lenguas nativas.
Sin embargo, el ingrediente indígena en la música brasileña fue modesto si lo comparamos con la enorme contribución de los esclavos africanos traídos a estas costas. En un primer momento esta influencia fue lenta dada la condición sumisa de éstos frente a sus amos blancos, pero aquellos hombres y mujeres bantús, yorubas y congos traían consigo un pasado cultural y religioso demasiado potente como para no trascender en el Nuevo Mundo, de manera que fueron los propios misioneros los que aconsejaron a las autoridades portuguesas cierta tolerancia con sus hábitos primitivos como válvula de escape frente a la opresión que sufrían.
Precisamente así, bajo el control de la Iglesia y la protección de la Virgen del Rosario, se crean a principios del siglo XVIII las primeras "Irmandades" de músicos en la capital del nuevo reino. Estas hermandades reunían a fieles negros que sólo de esta forma podían expresar su música en público sin el temor a ser castigados. Además, con esta fórmula los nuevos músicos iban accediendo a un cierto estatus social obteniendo incluso con esta actividad el dinero suficiente con el que años más tarde conseguirían su libertad. De esta manera se iniciaba la lenta y difícil integración social de los antiguos esclavos en la sociedad brasileña haciendo posible, ya en los albores del siglo XIX, la aparición de los primeros conjuntos musicales, como lo fueron los "Charameleiros" de Pernambuco, de una gran calidad instrumental. Este proceso de integración culminaría con la abolición de la esclavitud en mayo de 1888.
Paralelamente, y a lo largo del siglo XIX, llegan desde Europa nuevos aportes musicales de cierta trascendencia con una curiosa fórmula de "ida y vuelta" de la que sobre todo la Península Ibérica se beneficiaría más claramente. Así en 1807 se producirá un relevante acontecimiento para la historia de Brasil: la llegada de la familia real portuguesa que huía de la invasión napoleónica en la Península, siendo Don Pedro, el heredero de la corona lusa, quien decidido a permanecer aquí, proclamará la independencia del Brasil en septiembre de 1822. Con la instauración de la nueva monarquía irrumpe la música "culta" en el país: se crean las primeras sociedades musicales como la "Sociedade Filarmónica" (1834), el "Clube Mozart" (1867) o el "Clube Bethoven" (1882) entre otros, se organizan conciertos, temporadas de ópera o se ponen de moda las danzas europeas: polcas, valses, mazurcas…
Así, a lo largo de estos siglos, de forma lenta pero constante, se fijarían los primeros cimientos de lo que un siglo más tarde constituiría la MPB, la forma de creación más singular y representativa de Brasil.
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