| La columna del sordo |

 

[por Marcial Ortiz]

 

Nuestro "sordo" es alguien que sólo escucha buena música... Pero ¿qué es buena música? Para él fundamentalmente la música clásica (y algunas honrosas excepciones), por eso hemos decidido proponerle un reto. Cada mes le facilitaremos un CD de música actual para que diseccione y nos haga sus comentarios. Afortunadamente tiene las orejas más "abiertas" incluso de lo que él cree.

 

“Arriba parias de la tierra / en pie famélica legión / los proletarios gritan guerra / guerra hasta el fin de la opresión / ...” Bueno, más o menos. ¿Y por qué empezar así? Porque ya que nos ponemos progres, revolucionarios, libertarios, okupas, anarcos y todo eso, más nos vale acudir a las fuentes. Que para eso están. El problema es que el 95% de los que les gustan este tipo de grupos –Hechos Contra el Decoro, Orujo de Brujas, Fermín Muguruza...– diría que soy un maldito revisionista, un rojo “rosado”, un traidor de clase, un gilipollas, vamos. Y lo mismo tienen razón. Y lo mismo me importa una mierda lo que piensen. De la misma forma que no me importa pasarles un papel si lo necesitan, digo.

 

Mientras escribo esto, estoy escuchando por segunda vez el disco Otra vuelta de tuerca de Habeas Corpus. Y como ya sabéis, eso es algo extraño en mí. Me refiero a escuchar más de una vez lo que me pasan los jefes. Y me gusta. Mucho. No el escucharlo dos veces, sino el disco. Entero. ¿Lo recomendaría? No tendría ni puta idea de cómo. Tengo claro que este es un disco que debería oír todo el mundo. Hasta mis abuelos. Pero de qué iba a servir si luego no lo interiorizan, ni se lo creen, ni lo entienden.

 

Bueno, bueno. Cuando he oído por primera vez el disco he hecho un borrador mental de la columna. Me había propuesto no hablar de nada de lo que he escrito hasta ahora. Así de débil es la naturaleza humana. Demasiados años en la lucha, como dicen los viejos del Partido, y demasiados golpes en la cara, como dicen los comentaristas de boxeo de Eurosport. Así que volveré a mi discurso cultureta y burgués para terminar la columna.

 

Ya sé que no os lo vais a creer, pero una buena amiga –hija de las barras y estrellas; sobrina, muy a su pesar, de la Justicia Infinita y de la Libertad Duradera; madre, para su orgullo, de dos preciosas little girls– me regaló ayer The turn of the screw de Henry James, así, en el idioma del Imperio. Aquí lo tradujeron por Otra vuelta de tuerca (veis como todo tiene que ver, gente de poca fe) y es la mejor historia de fantasmas que se ha escrito nunca. O la mejor que yo he leído nunca. Y la mejor que podéis leer. Que no todo es escuchar música, joder.

 

Dado que no encuentro ningún valor propagandístico (el Partido otra vez) en escribir de música, en mi comentario sobre Dwomo aproveché a hablaros sobre cine, literatura y Ribera de Duero. En el de Hombres G solo podía hablar de mis amigos. En cuanto a este, cuando uno de los editores de la revista puso en mis manos la caja, pensé en mi padre. (Joder, diréis. Este tío solo sabe hablar de tonterías. Pues sí, y si no os gusta, que os jodan: escribid vosotros, que os lo estamos repitiendo desde el número 0. Que se puede escribir mientras se escucha música).

 

Me acordé de mi padre porque se pasó casi cuarenta años como delineante industrial. Aguantando a los que tienen todo el poder, a quienes tienen todo en sus manos y solo le quedaba agachar la cabeza por lo que pueda pasar (quinto corte). Porque nació en el lado equivocado. En el peor lado. El lado en el que nacen los que nacen de lado. El lado en el que nacen los que nunca llegarán a ningún lado (tercer corte) y tuvo que aguantar toda su vida al hijo de puta de su jefe. Por suerte el jefe se murió. Por lo que sé, el dolor no disminuyó hasta que el doctor certificó su muerte y algún cura rezó por su alma. Espero que se esté pudriendo en el infierno. Más suerte tuvo mi padre. Bueno, hasta el otro día que se cayó y se partió la muñeca, pero esa es otra historia que no viene a cuento.

 

A cuento venía lo de mi padre, porque si echáis un vistazo a la caja y al libreto (algo que nunca encontraréis en el top manta) veréis esas maravillas de la naturaleza humana que son los dibujos con regla, compás, cotas, flechitas y tipografía rara (no sé si se harán con plantilla, pero os puedo jurar que mi padre escribe exactamente igual) que tantos quebraderos de cabeza nos han hecho pasar a los que estudiamos Dibujo Técnico en el Bachillerato. A mí se me daba bastante bien, por cierto. ¿Genes?

 

¿Qué puedo deciros del disco que no haya dicho ya? Que es rallante. Es que esta música a mí... Pues eso, que solo aguanto a los grupos que gritan contra los hijos de puta que nos llevan a una guerra que ninguno queremos, que nos dicen que qué cojonudo es tener seis trabajos en un año (con un poco de suerte con seis contratos), que para qué cojones queremos beber en la calle cuando podemos pagar un cubata a siete euros o no beber nada y estar pensando todo el día que vaya puta vida me ha tocado vivir, que se quejan, joder, que se atreven a decir lo que todos queremos decir y ninguno nos atrevemos, y que gracias a eso venden un puta mierda, nadie les conoce y que solo salen en los periódicos cuando algún avezado gilipollas lee en alguna de sus letras la palabra “independentzia”, si es que se dice así, claro.

 

Renglón aparte (tras su punto correspondiente, como mandan los académicos) merece M.A.R.S., el cantante del grupo, por lo bien que vocaliza. Gracias. Desde ahora tienes un fan, estés donde estés. Este hombre me demuestra que para cantar con rabia y orgullo no hace falta ser totalmente inaudible y desagradable. Como todos los demás.

 

Quiero acabar ya, porque cuanto más dure esto, más tiempo pasaré escuchando a Habeas Corpus (ya llevo tres pasadas al disco, una detrás de otra, sin descanso) y ya estoy empezando a cabrearme. Con ellos, por supuesto. Por tirarme a la cara lo que no quiero ver. Por gritarme lo que no quiero oír. Por escupirme que soy un estúpido burgués cuando voy de progre guay. Porque en el séptimo corte, En el mejor de los mundos, han explicado mejor que nadie de qué va esta historia, y no han tenido que meter toda esa mierda marxista que me gusta tanto. Porque la primera revista que compré en mi vida era de la NBA, porque la ciudad más impresionante del mundo es San Francisco, porque desde allí me atrapa Steven Spielberg y que por qué cojones se tienen que meter con las barras y estrellas cuando no dejan de ser armas de las películas de Bruce Lee y de Jacky Chan (ya sabéis, golpear-lanzar, golpear-lanzar). Menos mal que en cuanto acabe de torturarme pondré el Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart y seguiré disfrutando de la buena música.

 

P.D.: Pido humildemente perdón por mi vocabulario de este mes, pero nadie en su sano juicio puede oír esta maravilla de disco sin que se le escapen unas pequeñas muestras de lenguaje barriobajero, ofensivo y políticamente incorrecto. 

 

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