Con la lección bien aprendida y las ideas mucho más claras sobre lo que quiere hacer graba en 1999 el maravilloso Pequeño, su segundo álbum. Contraviniendo el dicho, a la segunda va la vencida, y toda la crítica musical se lanza a elogiar esta obra absolutamente incalificable, que repasa con un estilo mucho más sencillo en cuanto a producción se refiere todos los géneros musicales que le gustan a Bunbury. Y no olvidemos que es un auténtico melómano que lo mismo saborea una ranchera que se deleita con una vieja canción de Tom Waits. Eso sí, esta vez, en lugar de mirar hacia la vieja Europa, se decanta por el Mediterráneo y América Latina, que según él siente mucho más cercanos, lo cual debe ser cierto, a tenor de la sencillez y naturalidad que rezuman todas y cada una de las canciones que componen este su Pequeño. Y no hay que pasar por alto las letras, que desprendiéndose de la impenetrabilidad de los viejos textos de los Héroes del Silencio alcanzan cotas de un lirismo sorprendente, sonando francas y rotundas, evocadoras e intimistas. Además, Bunbury con el tiempo se ha hecho mucho mejor cantante, abandonando toda la grandilocuencia de la que le acusaban sus detractores pero sin dejar de poner su personalidad única en cada nota que canta.

  

El éxito del disco es inmediato y por una vez público y crítica se ponen de acuerdo en algo. Poco a poco, Enrique ha logrado que se le desligue de su pasado heróico, consiguiendo un espectro de audiencia heterogéneo que, olvidándose de antiguos prejuicios, escucha con nuevos oídos lo que el artista zaragozano les ofrece. El torrente se vuelve incontenible y desde Buenos Aires hasta Salamanca, pasando por Bogotá o Cali, llena noche tras noche todos y cada uno de los conciertos de la gira Pequeño cabaret ambulante, donde cada jornada se suben al escenario diez músicos de indudable calidad, secciones de cuerda y viento incluidas. Admirador de Bowie y de su concepto de espectáculo, el artista se declara perteneciente a una generación que espera que los conciertos sean algo más que unos señores tocando, que haya teatro y coreografía, humor y comunicación, y en estos parámetros él se mueve como pez en el agua, deleitando cada día a la concurrencia con todo su repertorio de posturas imposibles y monólogos, inteligentes unas veces e ininteligibles otras.

  

Tras la exitosa gira y como homenaje a todo su público, en especial al mejicano que le ha apoyado desde sus comienzos, graba en abril de 2000, en México DF y durante dos noches, lo que será su tercer álbum en solitario, el directo Pequeño cabaret ambulante. En él se recoge todo lo que a Enrique le gusta ofrecer en sus shows: versiones remozadas de Radical Sonora, pequeños fragmentos de music-hall como Cabaret, homenajes a sus músicos predilectos (increíble versión de El Jinete de J.A. Jiménez) y, por supuesto, lo más granado de Pequeño.

  

La grabación de su, hasta el momento, último disco, se la toma con calma. Igual que un embarazo, el periodo de gestación le lleva nueve meses, repartidos entre Tarragona, Molinos (Teruel) y el estudio de Figueras. Para el evento se rodea, además de su combo habitual, de un montón de amigos que colaboran en algunas canciones: Jaime Urrutia, Kepa Junquera, Suhail, Quimi Portet, Adriá Puntí, Gina K... Sale a la venta en 2002 bajo el título de Flamingos.

< Anterior | Siguiente >

© www.sinetiquetas.com 2003